Femenina


© regards coupables

"Qué mal se ha representado la feminidad siempre" pienso mientras me cambio un tampón sentada en el wáter mirando la papelera. En el baño de una casa totalmente habitada por mujeres lo único estereotípicamente femenino es el color rosa de los productos de aseo e higiene y sus etiquetas. En el baño donde nos desnudamos, depilamos, meamos y cagamos nuestras femeninas heces deberían estar las entrañas de la tal aclamada feminidad pero, mirando en la papelera, solo veo compresas llenas de sangre, cera usada y bolas de pelo arrancadas de entre las púas de un cepillo. Ahí está nuestra feminidad, arrojada a un cubo de 18x27x30; un diminuto escaparate de verdad. 

La mujer de los cinco pelos


instagram: @yumeiart

Cuando estaba en uno de los primeros cursos del instituto una mujer vino a darnos una charla. En una época en la que, sin éxito, me esforzaba por recordar los rostros de los profesores sustitutos, los monitores de campamento y demás gente que pasaba de manera fugaz por mi vida, fui incapaz de olvidar a esta mujer. Era delgada, poquita cosa, y vestía de manera masculina. Tenía el pelo en ese limbo entre el liso y el rizado y lo llevaba recogido en una pequeña coleta despreocupada. Sus ojos, pequeños, nos miraban ocultos tras unas gafas redondas muy poco usuales en aquellos años. A decir verdad, todo en aquella persona resultaba inusual. Lo que, indudablemente, llamaba más la atención de su aspecto eran los largos pelos que le crecían por debajo del labio inferior. Resultaba imposible ignorar su presencia y yo supe que todos mis compañeros se habían fijado también por la atmósfera que se respiraba en el aula. Recuerdo estar sentada en la silla, tiesa, a la espera de que alguno de mis compañeros lanzara el primer cuchillo. Como solían hacer con otros. Como solían hacer conmigo, también. No llegaron hasta que la mujer abandonó la clase, pero yo podía escuchar sus cuchicheos, sus risas ahogadas, sus bromas entre dientes. Recuerdo, sobre todo, mirarla con pena, tratando de comprender su ser híbrido, entre hombre y mujer. Recuerdo también pensar que seguramente no era tan fea, intentar descifrar porque se empeñaba en fallar, porque no se esforzaba más. Miraba fijamente esos cinco pelos y pensaba en lo fácil que sería deshacerse de ellos con unos pocos tirones. Aplicar un poco de maquillaje, un peinado más favorecer, un vestuario más femenino... No era tan complicado, me repetía ¿Por qué entonces se empeñaba en ser fea?
Las risas se deslizaron entre las mesas y las sillas, reptando por el suelo, escalando y rebotando en las paredes una vez se marchó. Nueve años después me siento avergonzada por haber sentido lástima, por haber pensado que aquella mujer necesitaba de mi compasión. Nueve años después me he dado cuenta de que hay que ser muy valiente para enfrentarte a los cánones estéticos de la manera en la que ella lo hizo y en un ambiente, además, que a mí por momentos me aterraba. En una sociedad que se lucra de que nos sintamos incómodas en nuestra piel aceptar y enseñar tu diferencia es un acto de rebeldía.
Si os soy sincera, no recuerdo en absoluto de qué iba la charla que vino a darnos, pero, al menos, años después me fui con la lección bien aprendida.

it's not my responsibility to be beautiful. I'm not alive for that purpose. my existence is not about how desirable you find me. -warsan shire

Cosas que no comparto con nadie


Imagen de Mayan Toledano

Cuando hablo sobre mi canal siempre explico que uno de los motivos que me animó a abrirlo era mi imperiosa necesidad por compartir todo aquello que me gustaba o me fascinaba. Harta de marearme sola la cabeza o de dar la paliza a personas de mi alrededor que quizás no compartían del todo ciertos de mis intereses decidí lanzar aquellos mismos al mundo. Es gratificante, desde luego. He encontrado muchas personas con mis mismos gustos y me he contagiado de los gustos de otras. Soy feliz compartiendo y dejando que compartan conmigo y es una práctica que pienso seguir llevando a cabo. 

Menos esas veces. 

Porque, os voy a ser sinceros, a veces me gusta callarme algunas cosas, guardarlas bajo llave "sólo" para mí. Eso no implica que si otros las descubriesen o disfrutasen de ellas no estaría igualmente encantada de compartirlo, pero seguramente no sea yo quien inicie esa situación. 
A veces quiero disfrutar sola de ciertas cosas, aunque sea una soledad ficticia. A veces me topo con algo que me descubre más de lo que descubro yo y decido dejarlo estar. Y si algo cambia entonces, quizás, en algún momento (el indicado), pueda compartirlo. Siempre recordaré la mañana en la que, en una hora libre entre dos clases, me fui a la biblioteca de mi facultad. Encontré de pura casualidad un libro, lo cogí y empecé a leerlo in situ. Me fascinó. Me impactó tanto que puedo jurar que el mundo había cambiado cuando levanté la cabeza. Entré en la siguiente clase siendo consciente de que todo era diferente y yo era la única que se había percatado. Era casi como tener un súper poder, una especie de visión especial. Todos se estaban sentando en sus sitios de siempre y actuando con normalidad ¡No eran conscientes de nada! Recuerdo haber sonreído como aquel que lo hace disimuladamente, a sabiendas de ser poseedor de una jugosa información que nadie más conoce; como cuando tienes las cartas perfectas para ganar el juego pero no quieres que tus oponentes se percaten.
Y soy afortunada, porque he tenido la suerte de vivir otros momentos así. Uno, por ejemplo, fue con una película. En cuanto salí de verla no andaba por la calle, flotaba. Todos parecían andar con normalidad y, por supuesto, sin darse cuenta de que yo estaba andando a unos centímetros del suelo. Mi único cómplice parecía un músico callejero que escogió la canción adecuada en el momento adecuado, como si hubiese estado esperando a que yo pasase por allí. Como si estuviese todo fuese producto de un plan perfectamente coreografiado. 
Así que yo, que siempre comparto lo que adoro, hoy vengo a hablaros sobre lo que me guardo. Espero que podáis perdonarme y que vosotros, también, hayáis sentido que habéis caminado sin tocar el suelo alguna vez. 

MY CADILLAC DREAMS © 2014